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Sopa mora de garbanzos y espinacas

17 junio 2009 Sin comentarios Por: Mikel Iturriaga Imprimir artículo

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Ondakín continúa su campaña de defensa de las comidas de pobres con una reivindicación del garbanzo. El primer ser humano que logró guisarlos debería estar en un pedestal junto al inventor de la rueda, porque no hay un alimento más parecido a la piedra que éste. Pero para mí es la legumbre por excelencia, con permiso de las lentejas, que también me encantan, y excluyendo del ránking a las pochas, que por ser frescas juegan en otra división.

La combinación de garbanzos con espinacas es un clásico de la cocina española. Imagino que, como tantos otros platos, se la debemos a esos árabes que en la Edad Media comían delicadezas en la península mientras los apestosos cristianos no salían de la carne asada.

Para hacer esta mezcla tan fantástica sólo necesitas unos garbanzos cocidos (a poder ser en casa o en un cocedero de legumbres de confianza, como los que gracias a Alá abundan en Cataluña) y unas espinacas frescas: con saltearlos con aceite en el que hayas frito ajo y ponerles sal y pimienta, ya son una delicia. Y de lo más sana, puesto que los garbanzos aportan proteínas sin las maldades de las grasas animales.

La receta que propongo es algo más elaborada, pero fácil hasta para el más torpe. La sopa tiene un sabor característico muy moruno, pero en mi versión no es excesivamente picante ni especiada.

Ingredientes

Para 4 personas

  • 250 gr. de garbanzos secos
  • 400 gr. de espinacas frescas
  • 2 dientes de ajo
  • 2 rebanadas de pan blanco de molde
  • 1 cebolla
  • 1 hoja de laurel
  • 1 cucharadita de comino en polvo
  • 1 cucharadita de pimentón dulce
  • 1 guindilla seca pequeña bien picada
  • 2 cucharadas de orégano fresco (o una cucharadita de seco)
  • 2 cucharadas de vinagre de Jerez
  • Aceite de oliva
  • Sal y pimienta negra

Preparación

Dejar los garbanzos a remojo la noche anterior con mucha agua y la puntita de un cuchillo de bicarbonato. Lavarlos bien y ponerlos a cocer en una cazuela con el doble de agua fría de lo que ocupen, la cebolla partida en cuatro trozos, la hoja de laurel y una pizca de sal y pimienta negra. Llevar a hervor, retirar la espuma y cocer a fuego suave de hora y media a dos horas, hasta que estén tiernos. También se pueden hacer en la olla a presión durante unos 45 minutos, dependiendo del tipo de olla.

Dorar lentamente los ajos con un buen chorro de aceite de oliva. Retirarlos cuando estén levemente dorados, sin quemarse, y reservarlos. En ese mismo aceite, saltear las espinacas frescas hasta que reduzcan considerablemente su volumen y queden blandas (con dos o tres minutos suele bastar). Retirarlas y escurrirlas bien.

En el mismo aceite, freír el pan de molde sin la corteza y cortado en daditos, añadiendo algo más de aceite si es necesario. Retirar del fuego, dejar que se enfríe un minuto, y añadir el pimentón, el comino y la guindilla. Remover bien y añadir el vinagre, dándole un par de minutos de fuego muy suave para que todo se mezcle bien.

Triturar este preparado con el ajo (salvo si sienta mal, que se puede prescindir o echar sólo un diente o medio) hasta que se forme una pasta.

Triturar (no demasiado; no importa que se noten trocitos pequeños) los garbanzos escurridos con un par de tazas del caldo de cocción y mezclarlos con la pasta de pan y ajo. Ir añadiendo más caldo de cocción hasta conseguir una textura de crema (para mi gusto, no debe estar muy espesa, pero tampoco aguada). Ponerla en una cazuela grande y llevarlo a hervor suavemente durante 5 minutos. Añadir las espinacas picadas en trozos grandes y cocer suave un par de minutos más.

Como casi todas las sopas, está mejor de un día para otro.

Foto: Ainhoa Gomà

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